miércoles, 23 de enero de 2013

Tics Argumentales: Retóricas de la Intransigencia



Primero lo esbozó en la Universidad de Michigan con una conferencia en 1988 titulada Two Hundred Years of Reactionary Rhetoric: The Case of the Perverse Effect; y posteriormente con un libro: The Rethoric of Reaction (Retóricas de la Intransigencia, en su edición española). El economista y sociólogo Albert Hirschman, ante el acoso de las corrientes de opinión conservadoras al Estado del Bienestar en los años ochenta, se dedicó al estudio crítico del pensamiento reaccionario- entendiendo el término en el sentido newtoniano de reacción- desde una perspectiva histórica, analizando las resistencias que tuvieron las grandes reformas sociales y políticas liberales desde la Revolución Francesa, en la consecución de los derechos civiles, políticos y sociales. Una ristra de celebridades, Tocqueville, Burke, Pareto, Hayek, Friedman, Dickens, Polanyi, entre otros, son sometidos al escrutinio del autor que desvela una serie de débiles razonamientos y estereotipos, que se han venido usando a lo largo de la historia como tics argumentales.

Hirschman identifica tres tesis reaccionarias- es decir, opuestas a los cambios- que desde entonces se han convertido en un marco conceptual útil  para estudiar las fuerzas que pugnan en la dinámica política. La tesis de la perversidad o el efecto perverso según la cual toda acción que intenta mejorar el orden político, económico o social sólo sirve para exacerbar la condición negativa que se pretende remediar, “la tentativa de empujar a la sociedad en determinada dirección resultará, en efecto, en un movimiento, pero en la dirección opuesta”. No se trata de señalar la incertidumbre que acompaña a las acciones humanas, las imperfecciones o las consecuencias involuntarias; sino la certeza de que se van a producir en un universo predecible; y además con efectos contrarios. Algunos ejemplos de esta tesis son la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en siglo XVIII (suponen la caída en la barbarie, Edmund Burke); extensión del sufragio universal (el despotismo de las masas, Burkhardt), o la ley del divorcio que supondrá el fin de la familia.

La tesis de la futilidad: toda tentativa de reforma será inútil porque la sociedad y la economía están regidas por leyes naturales inalterables; se muestra que el orden social existente es experto en reproducirse a sí mismo. Es la estrategia del desaliento que ridiculiza las posibilidades de cambio, cuando Pareto piensa que era inútil cambiar la distribución del ingreso con políticas fiscales o de seguridad social y que lo único practico era aumentar la riqueza total. O cuando Michels desalienta la formación de partidos políticos sobre la base de que seguirán gobernando las oligarquías. La eficacia de esta tesis radica en hacer un balance de la medida antes de que esta se mida en la realidad.

La tesis del riesgo sostiene que el cambio, aunque acaso deseable en sí mismo, tiene un coste elevado y ocasionará graves daños a logros previos. Tal y como se planteaba en el siglo XIX en Inglaterra de que el Estado del Bienestar atentaría contra la libertad o provocaría una crisis en la gobernabilidad democrática. Aunque los regímenes totalitarios comunistas no fueron un caso de estudio para el autor, se sabe que esta es una de las tesis reactivas más recurrentes, cuando se postergan los derechos civiles y políticos con la excusa de que pondrían en peligro los derechos sociales asociados con el sistema.

La intención de Hirschman no es caricaturizar a los conservadores atribuyéndoles el uso exclusivo de la intransigencia, también descubre que es territorio frecuentado por los promotores de reformas progresistas, a fuerza de basar sus posiciones en aquello de que “la historia está de nuestro lado” y oponerse es fútil. Lo que escribió Marx sobre sus leyes del movimiento capitalista, que la sociedad moderna no podía saltarse las fases “naturales” de desarrollo ni abolirlas por decreto. Mientras los reaccionarios hablan del riesgo que puede sufrir un logro previo, los progresistas se sacan de la manga una falacia sinergista como contraparte retórica, es decir que las dos reformas se reforzarán mutuamente y el riesgo de la inmovilidad es mayor que el de la acción.

El economista recuerda que  los modernos regímenes pluralistas no surgieron de ningún amplio consenso sobre determinados valores, sino del hecho menos idílico de que los grupos en pugna acabaran reconociendo su respectiva incapacidad para dominar; “pa habernos matao” como dirían los humoristas.  Frente a este panorama de confrontación permanente que erosiona la convivencia democrática sometiéndola a graves tensiones y a una crisis de confianza ciudadana, donde los argumentos de unos y otros no siempre se ajustan a la realidad sino a matrices retóricas reiterativas, Hirschman recomienda tomar distancia y adoptar una posición madura: “empujar el discurso público más allá de posturas extremas e intransigentes de una y otra clase, con la esperanza de que en el proceso nuestros debates se tornen más amistosos con la democracia”.

El marco conceptual que nos enseña Retóricas de la Intransigencia puede usarse en un amplio espectro del quehacer político actual en cualquier parte: siempre alerta de los tics argumentales; más lógica y menos retórica. 

Enrique Garcia Mieres.

1 comentarios:

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