jueves, 9 de agosto de 2012

LA VERDAD COMUNISTA DE UNA MENTIRA CASTRISTA



Todo lo que sirve a la causa del Partido Comunista es absolutamente moral”.
Lenin.



Sabemos que la Revolución cubana de 1959 que prometía justicia social y recuperar la normalidad constitucional fue traicionada por sus lideres, cuando estos decidieron unos meses después ampararse en el comunismo soviético para resistir las hostilidades y reacción de los intereses creados en el régimen precedente. Este cambio de rumbo, aparentemente circunstancial, frustró las expectativas de parte de la sociedad que pasó instantáneamente a ser considerada contrarrevolucionaria en la medida que el gobierno se apropió del término Revolución para nombrar al Socialismo comunista que se instauraba.
Siempre hubo controversia a la hora de valorar si  esta transformación fue realmente circunstancial o había una agenda oculta a desarrollar con nocturnidad y alevosía, confusión alentada por el propio gobierno que juró y perjuró en numerosas ocasiones que no eran comunistas y que tales acusaciones eran puras calumnias. Pasados los años cuando el Socialismo ya fue una realidad plena y se impuso una visión teleológica de la historia, el oficialismo pretende una narrativa histórica coherente, sin fisuras ni lagunas, que supere aquel inicio revolucionario aunque para ello tenga que mentir o sin ningún pudor contar que efectivamente engañar al pueblo era un camino necesario.

En este sentido son las palabras de Fidel Castro en su libro La victoria estratégica: “La mayoría de los revolucionarios antimachadistas o antibatistianos de los años 30 se habían vuelto pseudorrevolucionarios. El único partido que poseía una visión revolucionaria era el comunista pero estaba aislado. De ahí que era preciso lanzar un programa revolucionario por fuera de ese partido para ganar a la mayoría de la población y luego conducir un cambio revolucionario por la vía socialista."  Es discutible suponer falsedad en todas las fuerzas políticas que se autodenominaban revolucionarias durante el periodo republicano, pero considerar que el partido comunista era depositario de la autenticidad revolucionaria es una ficción tendenciosa y faltar a la verdad. Es comprensible que el régimen castrista quiera inventarle semejante pedigrí  al partido comunista que a fin de cuentas es la  marca comercial autorizada  para operar una franquicia soviética, pero por mucho que se empeñe los hechos históricos son los que son.

El partido comunista cubano, una embajada de la Comintern  en la isla, siempre fue una fuerza política posibilista que alternaba entre sumarse a las revoluciones hechas por otros- cuando no las entorpecía para sacar alguna ventaja- y participar de las instituciones para medrar dentro de ellas, sin ningún tipo de escrúpulos y desde luego sin enarbolar la bandera de la revolución. Se pueden relatar someramente una serie de acontecimientos para ilustrarlo y que, faltaría más, son olvidados por la historiografía oficial. Casi en su estreno los comunistas expulsan a Julio Antonio Mella del partido cuando este inicia una huelga de hambre  en la cárcel exigiendo su libertad y la de sus compañeros, huelga seguida a diario por toda Cuba en la prensa y que despertó tanto la solidaridad popular como la de intelectuales, políticos y hasta congresistas, pero al partido no le gustó semejante albedrío revolucionario. En los últimos días de Machado, cuando ya estaba contra las cuerdas acosado por obreros, estudiantes, conspiraciones  y demás fuerzas de acción revolucionarias  el partido comunista en manos de Villena se le ofrece al tirano para detener la huelga obrera a cambio de su legalización y otras ventajas políticas, aunque  en la posterior autocrítica  a este suceso se le llamó el “error de agosto”  tal actitud ya apuntaba hasta dónde era capaz de llegar el partido y cuánto tenía de revolucionario; y así fue que poco tiempo después se opuso al gobierno revolucionario de Grau y Guiteras, a pesar de que este tomase las medidas más progresistas que se habían visto en el país, contribuyendo a su caída desde posiciones radicales, y convirtiéndose en un aliado involuntario de la reacción en dicha faena.

Pocos años después de la revolución del 33 ya no hubo casualidad circunstancial, esta vez el partido comunista se acerca al hombre fuerte del gobierno, Batista, que de repente dejó de ser considerado un “traidor al servicio del imperialismo”  para convertirse en su aliado político durante las tres próximas citas electorales. A la vera de Batista consiguió su legalización, controlar los sindicatos, desarrollar medios de comunicación en prensa y radio, ganar delegados a la asamblea constituyente, congresistas, senadores, el gobierno en el año 1940 con dos ministros en esa legislatura. Es la época en que se pueden leer editoriales como estos: “Fulgencio Batista y Zaldívar, cubano cien por cien, celoso guardador de la libertad patria, tribuno elocuente y popular, llegará al más alto cargo de la Nación como un formidable reconocimiento de su actuación recta y como la demostración evidentísima del sentir y del pensar de nuestro pueblo” (periódico comunista Hoy, 14 de Julio de 1940). O este otro: “Batista Presidente y Marinello Alcalde son las piedras angulares en que descansa la fe y el porvenir del sufrido pueblo cubano. Ellos son las manecillas de un reloj que marcan la hora de las reivindicaciones patrias” (Hoy, 13 de Julio de 1940).

En esas elecciones de 1940 hubo serias acusaciones de fraude, pero los comunistas ganadores en la coalición batistiana no se dieron por aludidos: “El Coronel Batista ha sido electo presidente de la Republica por una mayoría  abrumadora de votos. El resultado de las elecciones del Domingo no podía sorprender sino a aquellos ilusos que sobrestimando sus propias fuerzas fueron incapaces de interpretar el verdadero estado de conciencia popular…. es el triunfo de una política de progreso, es el triunfo del pueblo de Cuba” (Hoy, 16 de Julio de 1940). También había sitio en la prensa comunista para la lealtad: “Los únicos hombres leales a la plataforma de Batista son los que militan en Unión Revolucionario Comunista. J Marinello”  (Hoy, 14 de Febrero de 1941); y la adulación: “Celebra hoy su onomástico , el Honorable Presidente de la Republica, Mayor General Fulgencio Batista y Zaldívar, gobernante de profundas raíces populares, de arraigados principios democráticos, el Mayor General Batista conduce a la patria por el camino de la dignidad Nacional y el progreso”  (Hoy, 16 de Enero de 1944). En las siguientes elecciones de 1944 con Carlos Saladrigas, ex primer ministro de Batista, como candidato se repite la alianza electoral: “El Partido Comunista cree que Saladrigas será el continuador de la MAGNA OBRA DE BATISTA” (Hoy, 13 de Mayo de 1944); pero las perdieron.

Perdedor de esas elecciones no crean que el partido mantuvo su lealtad batistiana para ejercer la oposición, el gobierno vencedor de Grau no contaba con mayoría en el congreso y los comunistas acudieron en su auxilio, ofreciéndoles su apoyo a cambio de que Marinello ocupase la vicepresidencia del Senado. ¿Esta es la historia de una fuerza política auténticamente revolucionaria como refiere Castro? quizás, en la acepción particular del término que debe tener el régimen revolucionario; quizás, entendiendo el oportunismo como la virtud de más peso en su criterio. Y si Castro pretendiera narrar el comunismo a partir de que él ya aparece como figura destacada en el acontecer político de Cuba, también tendría que mirar hacia otro lado para disimular que el partido comunista calificó el asalto al cuartel Moncada, el mito fundacional del régimen actual, de Putch: “El camino escogido por Fidel Castro y sus compañeros es falso. Nosotros, que apreciamos su limpieza moral y que estamos convencidos de su honradez, tenemos que decir que el putch, que la acción armada desesperada y con categoría de aventura, no conducen a otra cosa que al fracaso, al desperdicio de fuerzas, a la muerte de su objetivo. Tenemos que decir eso, y convencer a esos jóvenes, y a todos los jóvenes que piensan como ellos, que el camino es el de la lucha de masas y la acción de masas.”  (Carta Semanal No 16, 20 de Octubre de 1953); o ante el hecho de que  los comunistas se desmarcan de la huelga general del 9 de Abril de 1958, convocada por el propio Fidel para darle la puntilla definitiva a Batista. Haría falta mucho fingimiento para olvidar la verdadera historia del partido comunista cubano y aun así considerarlo el paradigma de la visión revolucionaria.

Enrique Garcia Mieres.

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