UN PRESIDENTE A SALVO DE LOS CIUDADANOS.

¿Cómo los ciudadanos cubanos pueden cambiar al presidente?, .

IDEOLOGÍA OCIOSA.

Y ahora cuál es el plan.

LA DERIVA FASCISTA DE LOS PAÍSES COMUNISTAS.

Cuando el comunismo incorpora una economía capitalista.

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Como navegar usando el correo como única opción.

EL DIPUTADO SE LLAMABA CUADRO.

La teatralidad de ser diputado en Cuba.

CUBA A MANO ALZADA: ESTO ES UN ATRACO.

En Cuba el voto a mano alzada o secreto, no es la cuestión: el predelito.

CUBA: MINORITY REPORT.

En Cuba se condena antes de delinquir: el predelito.

FUERA DE LA LEY.

Cuánto Estado hay fuera del Estado.

CUBA ANTE LA RSC: OTRO EMBARGO?.

Cuba ante el riesgo de una nueva ética empresarial.

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martes, 12 de junio de 2012

UN PRESIDENTE A SALVO DE LOS CIUDADANOS.

Si el sentimiento de opresión en los países
totalitarios es, en general, mucho menos agudo que lo que se
imagina la mayoría de las personas en los países liberales,
ello se debe a que los gobiernos totalitarios han conseguido
en alto grado que la gente piense como ellos desean que lo
haga.
Camino de Servidumbre.
F.A. Hayek.

¿Cómo los ciudadanos  pueden cambiar al presidente?, parece una perogrullada  que merece  una respuesta trivial: eligiendo a otro para el cargo. Pero si  reformulamos la pregunta dirigida a los ciudadanos cubanos, entonces la respuesta adquiere un cariz insólito: no  pueden. No solo porque se trate de una dictadura que a fin de cuentas  acostumbran a trampear  resultados electorales para perpetuarse, provocando una voluntad fatalista de impotencia en la ciudadanía, sino porque sencillamente los cubanos carecen de tal atribución: no pueden cambiar al presidente.

En un sistema parlamentario, y el cubano pretende serlo, el jefe de gobierno es elegido de forma indirecta por los ciudadanos que votan por los diputados al parlamento, y estos a su vez eligen al presidente. En Cuba existe una variante de este proceso que lo hace aun más indirecto, el parlamento nombra a un consejo- Consejo de Estado, una elite parlamentaria, - que finalmente es quien elige al jefe de Estado. Visto así parece que no hay graves inconvenientes en que finalmente la voluntad popular se materialice, un escalón más o menos tanto da. El problema comienza en dar por sentado que el sistema siempre contempla esa “voluntad popular”, el deseo sobre que programa político  quieren los ciudadanos y la persona que debería liderarlo. En otras palabras, que los diputados elegidos sean portadores de un contenido afín a la voluntad de sus votantes.

Pero en Cuba no ocurre de ese modo, los candidatos al parlamento no pueden postularse con programa alguno, ni los ciudadanos eligen entre propuestas políticas particulares o partidistas; se escoge entre los candidatos a partir de sus biografías y  currículos profesionales para que ocupen un escaño en el parlamento, y cumplan la función y  tramites que les tiene reservada la cámara baja (en Cuba no hay Senado), es decir un funcionario ( el diputado al tomar posesión de su cargo se convierte en cuadro del Estado) vacío de contenido. Esto provoca que en el parlamento no se reproduzca a la sociedad civil mediante sus representantes, no hay que resolver diferencias ni escoger entre afinidades.

Ante este panorama qué sentido tendría contabilizar diputados favorables o contrarios, buscar un denominador común entre los programas electorales- en Cuba no están permitidos los partidos políticos que aglutinan diputados entorno a un  proyecto común-, establecer alianzas políticas que culminen en mayorías necesarias para gobernar. Ningún sentido, y por eso el parlamento levanta la mano de modo unánime para formalizar lo predestinado. Tampoco lo tiene intentar una moción de censura, porque a qué opción le restas diputados y a cuál le sumas si no hay opciones programáticas en el parlamento.

La única posibilidad, radical y surrealista, para que la ciudadanía  pueda cambiar al actual presidente de gobierno es pretender que no consiga un escaño en el parlamento,  convencer  a los electores del remoto pueblecito por el que se ha presentado siempre para que no le voten, que renuncien a su folclore, orgullo de elegir al eminente diputado. Apartado ya de la voluntad popular, el gobierno local de ese pueblo puede revocar al diputado (artículo 6, Ley No 89), pero eso ya es demasiada temeridad.

¿Son conscientes los ciudadanos cubanos de que no pueden cambiar al presidente? Es como preguntar el grado de conciencia que hay en la inercia. Inercia que viene de los diecisiete años previos a la constitución comunista actual, durante los cuales el pueblo cubano jamás  fue consultado sobre  el sistema político ni el jefe de gobierno, una rutina fatalista que no ha hecho más que institucionalizarse.

jueves, 12 de abril de 2012

El diputado se llamaba Cuadro.

Cuando el pintor cubano Pedro Pablo Oliva fue cesado de su cargo como delegado en la Asamblea Provincial del Poder Popular, parlamento provincial, descubrimos que los diputados podían ser revocados por causas ajenas a las contempladas en la ley que existe a tales efectos. En la Ley Nº 89 sobre la revocación del mandato de los elegidos a los órganos del poder popular se aclara que este procedimiento es independiente de cualquier otro en materia penal, civil o administrativa; y que se puede proceder atendiendo a las siguientes causas: incumplimiento reiterado de las obligaciones derivadas del mandato conferido; incurrir en hechos que lo hagan desmerecer de buen concepto público; y manifestar una conducta incompatible con el honor de ser representante del pueblo en un órgano del Poder Popular.

Aunque se use un lenguaje poco preciso, esta vez por raro que parezca no se alude a términos como socialismo o revolucionario que suelen actuar como filtros ideológicos que separan lo adecuado de lo incorrecto, o lo permitido de lo prohibido, en todas las normas jurídicas cubanas , comenzando por la propia Constitución. ¿A que parece una errata o lapsus de los legisladores? Pero no, más bien se trata de soslayar- o aplazar, como se verá más adelante- el baremo ideológico en beneficio de las apariencias, teniendo en cuenta que se trata de diputados elegidos por el pueblo con la diversidad de criterios que esto supone. Esto no quiere decir que los diputados estén exentos de la fiscalización ideológica ni de sufrir sanciones si deciden ir por libre, existe un plan B: a la vez que el delegado adquiere su condición de representante popular en las diferentes asambleas es considerado un cuadro del Estado, y por lo tanto tiene que someterse a otra normativa ajena al reglamento parlamentario y la soberanía popular. El Código de Ética de los Cuadros del Estado es el complemento normativo que permite al gobierno mantener el control ideológico sobre los diputados.

Este código compendia las cualidades que se le suponen al cuadro revolucionario, honesto, sincero, comprometido, disciplinado, discreto, entregado, y demás; un autentico dechado de virtudes entre las que no podía faltar la endogamia ideológica. Textualmente se expone así: basar las relaciones de amistad en la coincidencia de los principios y en la moral revolucionaria; no establecer jamás vínculos de este tipo con elementos detractores de la Revolución. Un asunto difícil de compatibilizar si el diputado es precisamente un opositor al régimen, en teoría, una conjetura probable; en la práctica, se hará todo lo necesario- ya hay precedentes - para evitar esta coyuntura. Un cargo electo por el pueblo que no pueda ejercer su función al no ser apto para Cuadro del Estado.

En el Decreto-Ley 196/99 se estipula que cuadros son aquellos trabajadores electos o designados para ocupar cargos en la función pública, organizaciones económicas o presupuestadas del Estado, y del Gobierno. No es casualidad que los diputados tengan la misma consideración que los funcionarios, porque para el gobierno son lo mismo. En este sentido la doble condición de cuadro y delegado pone las cosas en su lugar, aunque sean cargos electos están sujetos al gobierno; no vaya a ser que el pueblo se equivoque eligiendo o el diputado se descarríe. Y para destacar que no están al mismo nivel jerárquico sino que la condición de diputado se supedita a la de cuadro que sirva el ejemplo de Pedro Pablo Oliva donde la “infracción” del código- haberse expresado en medios disidentes y entablar amistad con desafectos al gobierno- fue suficiente para la revocación, a pesar de estos supuestos no estén contemplados en el reglamento parlamentario.

El escritor Javier Marías en El Horror Narrativo apuntaba que en las narraciones lo último se aparece siempre como lo verdadero y aún peor como lo configurador. Algo así debió comprender el diputado pintor al final de su truncada trayectoria política, lo verdadero era su condición de cuadro.

Enrique García Mieres.

Otras Historias de Cuba

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Dilvulgar esas historias sobre Cuba y los cubanos poco tratadas por la historiografía cubana. Enrique García Mieres.
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